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LAS ARMAS DE FUEGO, IGUALADORAS DE FUERZAS

Algunos estados han hecho creer a sus ciudadanos que la posesión masiva de armas es algo barbárico e intolerable, que pone en serio riesgo la seguridad pública.

Para justificar esto se basan en casos puntuales donde una persona comete crímenes atroces contra sus vecinos usando armas de fuego. En un intento por negar la existencia del mal o por simplemente desviar la atención del auténtico problema, enfocan o personifican este mal en la figura del arma de fuego.

 

Pero un arma de fuego no deja de ser una máquina inerte y neutra, un arma de fuego no es más mala per sé que cualquier otra herramienta, ya sea una pala, una taladradora, un secador o un martillo neumático, y ciertamente realmente lo único que delimita la maldad o la bondad de sus uso es la persona que la empuñe.

Llegar a creer que en la sociedad actual no necesitamos armas es como declarar veladamente que la mayoría de los ciudadanos no somos buenos o no somos de fiar, y de allí que intente personificarse el mal en las armas para desviar la atención, cuando lo que el estado nos trata de decir es que realmente el problema de las armas somos nosotros.

¿Esto puede ser moralmente aceptable en pleno sigo XXI?

Moralmente esta premisa no puede ser aceptada bajo ningún concepto. Poseer un arma de fuego no es un acto de barbarie es un acto de responsabilidad ciudadana y por lo tanto un símbolo de civismo.

Lo realmente bárbaro es que el Estado deje a las mujeres, a los ancianos y en definitiva a los débiles, a merced de los más fuertes, y que les niegue el derecho a defenderse con la única herramienta que iguala la fuerza de una mujer de 40 kilos con la de un violador de 80 kilos, o la de un anciano de 85 años con la de un asaltante de 25 años. En este caso los estados no solo tienen un comportamiento bárbaro o poco cívico si no que además se convierten en cómplices silenciosos de los criminales y de sus actos en contra de los más débiles.

Las armas de fuego modernas no son sinónimo de barbarie son sinónimo de civilización, educación, libertad y justicia.

En los países donde el derecho a la autodefensa con armas de fuego se limita o se niega, los ciudadanos quedan a expensas del Estado para garantizar su defensa, y por lo tanto en mayor o menor medida siempre quedan subordinados a los deseos políticos del gobierno en materia de seguridad. No tienen el control absoluto de sus vidas y en cualquier caso la responsabilidad en caso de ser agredidos siempre queda diluida, el estado no se hace plenamente cargo de garantizar la seguridad ni busca resarcir al agredido, cargando todas las culpas sobre el agresor.

Esto no solo es incívico si no además injusto, sin contar que muestra una clara amoralidad por parte del Estado al no permitir que el ciudadano se defienda con un arma de fuego ni a asumir su parte de responsabilidad en esta decisión.

En el caso del ciudadano que decide defenderse con una arma de fuego esto es aún más grave, ya que no solo es considerado como un criminal por haber supuestamente violado las normas, si no que además en este caso si que se le pone encima toda la responsabilidad de las acciones tomadas para ejercer su defensa o la de su familia con la herramienta más segura y acorde para ello.

Lo que al final realmente nos lleva a preguntarnos. ¿Si el Estado no es plenamente responsable de nuestra seguridad y nos hace a nosotros responsables cuando nos defendemos, para que entonces necesitamos al estado proporcionándonos seguridad?

Ese es el problema real de las armas de fuego y el derecho a al autodefensa, que si los ciudadanos son conscientes de que pueden defenderse de forma más efectiva, rápida, eficiente y civilizada ellos solos que dependiendo del Estado, realmente este no es necesario, y es allí donde radica toda la cuestión.

El Estado cobra y recauda por unos servicios insuficientes, y aunque fuesen suficientes que difícilmente podría proveer al 100% de los ciudadanos. Si los ciudadanos son conscientes que no necesitan al estado, este deja de ser necesario y el negocio de estar por estar prestando servicios inexistentes se termina, y si esto pasa en materia de seguridad evidentemente pasaría en muchos otros sitios.

La campaña contra las armas defensivas modernas no busca una sociedad civilizada, busca una sociedad aborregada, no busca paz, busca que la paz sea un negocio, y sobre todo lo que busca no es que las posibilidades una mujer que va a ser violada se igualen con las de su violador, busca que el problema exista y que el hecho barbárico se consume para sembrar miedo entre los ciudadanos y poder venir con una solución a cambio de más impuestos.

En las sociedades desarmadas solo prima una cosa, la ley del más fuerte, y ciertamente da igual que esta venga de un agresor de 100 kilos o de un Estado sobredimensionado que necesita vender seguridad a precio de oro.

En las sociedades armadas la fuerza queda eliminada de la ecuación, y la única presión solo la ejerce la palabra. ¿Acaso esto no es civilización?

El uso de armas de fuego para defensa debería estar amparado por cualquier estado que se considere libre y democrático, salvo que sea capaz de garantizar al 100% la seguridad de sus ciudadanos, y todos sabemos que esto no es así ni de lejos en los países más libres y democráticos de nuestro entorno, y curiosamente son esos países lo que dejan a sus ciudadanos total libertad a la hora de defenderse con armas de fuego, porque la seguridad no debe ser un monopolio, debe ser una responsabilidad compartida de todos los ciudadanos.

Eso es civilización. Lo demás barbarie en mayor o menor grado.

 


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